Se ha hablado mucho de las ventajas que aporta la IA, de los avances que supone y del cambio de paradigma al que nos enfrentamos. Al mismo tiempo se ha tendido a ver como cenizo al discurso negativo sobre esta tecnología. Como todo avance, conviene abrazarlo rápido sin tener en cuenta demasiado las consecuencias.
Si hay una disciplina en la que la IA generativa ha tenido un impacto radical es en la comunicación y más concretamente en la escritura. La IA generativa aplicada a la comunicación ha conseguido ofrecer a todo el mundo unas habilidades de redacción suficientes. Un cinco o incluso un “six-seven”.
Gracias a la IA el más pintado consigue una expresión suficientemente cuidada, sin fallos, unas redacciones que logran igualar niveles de comunicación que antes eran muy heterogéneos y dependían de las capacidades de expresión escrita del emisor.
Es la “democratización” de la expresión escrita apoyada en la tecnología. Hemos dejado de rascarnos los ojos con errores de concordancia, han aparecido recursos literarios en quienes nunca expresaron uno, ideas explicadas con suficiencia en los textos de casi cualquier redactor y una cadencia por momentos casi “poética”.
La turbomix de la redacción ha venido para quedarse y organiza muy dignos menús por aquí y allá. Dignos, pero sin suficiente sustancia.
Por el camino estamos perdiendo autenticidad en la expresión escrita y provocando con ello un cierto hartazgo en los receptores. Eso por no hablar de la pérdida de confianza asociada al pensar que toda esa comunicación que nos colocan como personal y auténtica pueda tener detrás una mano artificial generativa.
Surgen pues para quienes nos dedicamos a los asuntos corporativos y a la comunicación estratégica las preguntas sobre cómo afrontar este nuevo paradigma y seguir aportando valor a través de la redacción auténtica, esa que requiere entrenamiento en horas invertidas de escritura y sobre todo mucha lectura. Todo para cimentar la capacidad de explicar de manera atractiva y sencilla lo complejo, que es, en esencia a lo que nos dedicamos.
A continuación, trato de agrupar algunas características del discurso que la Inteligencia Artificial no aporta o al menos no añade de manera “notable” o “sobresaliente”:
Autenticidad
La IA no aporta suficiente tono genuino. Ofrece textos despersonalizados y con poca autenticidad. Genera un efecto “eco”, potencia las mismas ideas y acaban convirtiendo el estilo escrito en una cámara de resonancia de los mismos planteamientos y expresiones avainilladas. Como la vainilla, construye textos que a casi nadie disgustan, pero que a pocos apasionan.
Diferenciación
La IA no genera ideas distintas a las que todo el mundo ofrece. Existe una estandarización en la expresión, que deja de estar compuesta por planteamientos propios y únicos. El café para todos da acceso generalizado, pero el sentido de la exclusividad se pierde por el camino. Es entonces cuando lo diferente se hace un hueco. Por ello, más que nunca, es un momento muy propicio para sacar a relucir la pluma de cada uno y diferenciarse con planteamientos y textos auténticos.
Independencia
La IA fuerza la dependencia de los contenidos previamente creados, de manera que la independencia de los nuevos planteamientos es cada vez más débil. La originalidad de pensamiento comienza a escasear y las ideas de las que se construyen los textos se tienden a simplificar. Empiezan a depender de otras ideas anteriores, de tal forma que los textos pierden rigor e independencia al amplificarse ideas ya sesgadas con anterioridad.
Personalización
La IA intenta darle un toque “personal” o mejor dicho personalizado a cada publicación, pero no es suficiente. Falta entraña, falta nervio y falta pasión en esos textos. Se puede tratar de volcar esa pasión en el ‘prompt’ pero el resultado nunca es igual que el ejercicio de vomitar las ideas sobre un texto y luego darle forma con el trabajo alfarero de dar forma a las palabras.
Expresiones y cadencias repetidas
Aburren ya en los textos las mismas expresiones con olor a IA o las mismas cadencias de los párrafos, que se hacen a menudo indistinguibles. La repetición semántica no aporta. De hecho, es un martilleo de las mismas formas de decir que termina por generar cansancio.
Pensamiento propio
La escritura tiene un efecto de desarrollo de pensamiento. Cuando uno escribe desarrolla sus propias ideas y las ordena. Al soltarlas a través de la IA, delegamos parte de ese trabajo y nos quedamos en un razonamiento más superficial. De este modo, no podemos utilizar la escritura como guía para dar orden a nuestras propias ideas. Y esa es justo una de las grandes ventajas de escribir: ofrecer claridad mental al emisor.
Confianza
Existe una cierta pérdida de confianza derivada del uso de la IA. Casi nada de lo que hoy se publica en redes y otros foros se ve ya como “auténtico” y al sonar enlatado produce la sensación de que no hay trabajo detrás, ni ideas personales. Y lo produce más si cabe en quienes más abrazados están a la tecnología. Cuando crees que una persona hace un uso intensivo de la IA empiezas a pensar que hay ausencia de pensamiento propio o que de haberlo, está solo esbozado y muy orientado por la IA. Los textos “muy redactados”, sin errores y perfectos comienzan a generar desconfianza.
Y es en ese camino donde la comunicación pierde su fin: generar impacto por parte del emisor, que escribe, en el receptor, que lee. Es por tanto nuestro papel, como comunicadores, preservar la magia de la escritura y lectura auténticas.
